CONTRA VIENTO Y MAREA

Maurice Carrez

Profesor en la Facultad Protestante de Teología de París

 

 

“He tenido tres naufragios y pasé una noche y un día en el agua. Cuántos viajes a pie, con peligros de ríos, con peligros de bandoleros, peligros entre mi gente, peligros entre paganos, peligros en la ciudad, peligros en despoblado, peligros en el mar, peligros con los falsos hermanos. Muerto de cansancio, sin dormir muchas noches, con hambre y sed, a menudo en ayunas, con frío y sin ropa” (2 Cor 11, 26-27)

 

La lectura de este pasaje puede  volvernos soñadores… o escépticos. Arrastrado por su elocuencia, ¿no habría exagerado ligeramente San Pablo las dificultades con que se encontró?. Pero una simple ojeada al mapa de sus viajes nos inclina a tomarlo en serio. ¡Qué cantidad de kilómetros recorridos en nombre de la fe!. Pablo viajó por Grecia y la actual Turquía antes de emprender la travesía hasta Roma.

 

Predilección marinera

Cuando pensamos en las condiciones de viaje de aquella época, quedamos confundidos por las distancias recorridas. Pablo las atravesaba, unas veces a pie y otras en barco. Por lo demás, era netamente partidario de la segunda solución. Allá donde sus colaboradores iban a pie, él tomaba el barco siempre que podía. Pablo, nacido en la ciudad portuaria de Tarso, no debía tener miedo al mareo… y seguramente no era aficionado a la marcha. De todas formas, en Grecia era más práctico y más rápido el viaje por mar, pese a la lentitud de la navegación a vela (emplear dieciocho días para ir de Alejandría a Roma se consideraba un viaje rápido). Pero la organización del viaje no suponía excesivos problemas: el comercio marítimo estaba muy desarrollado en el Imperio romano y los transportes terrestres resultaban terriblemente caros. Los viajeros podían recurrir a los navíos mercantes, una especie de cargueros que, además del flete, admitían a pasajeros. Flavio Josefo habla de una nave en la que se habían acomodado más de seiscientas personas. Los Hechos nos informan de que Pablo, en su último viaje a Roma, se embarcó en una nave que transportaba setenta y seis personas. Había que contar con los caprichos del viento, que podía cesar –y no había más que esperar- o bien soplar huracanadamente, y entonces el Mediterráneo podía llegar a ser muy peligroso, como lo experimentó Pablo.

 

Por las vías romanas

Sin embargo, en Turquía no había más remedio que ir a pie. Y a pesar de su afición al barco, Pablo recorrió así enormes distancias. Atravesó en todos los sentidos la llanura de Anatolia, franqueó en varias ocasiones los pasos de montaña del Tauro y del Anti-Tauro, peligrosos por los bandoleros, que tenían allí fácil las de ganar la partida: les bastaba con bloquear algunos pasos para detener todo convoy. Por eso los viajeros se ponían generalmente de acuerdo para franquearlos por la fuerza, reuniéndose a veces por centenares. Pero, en conjunto,  las vías romanas eran seguras. Durante las guerras civiles entre César y Pompeyo, y luego entre Augusto y Marco Antonio, se había producido un recrudecimiento del bandolerismo y la piratería. Una vez alcanzada la paz, Augusto se apresuró a asegurar las comunicaciones transformando a los soldados romanos en policías. En adelante, el Imperio se dividiría en cuadrículas, en cada una de las cuales habría un puesto de unos doscientos hombres para atender la seguridad de las caravanas.

Las vías romanas estaban bien construidas. Como buenos estrategas, interesados en la defensa de su Imperio, los romanos sabían que era importante poder ir con facilidad de un sitio a otro. Sus vías buscaban la recta y franqueaban los obstáculos mediante obras de arte, a veces muy costosas. Eran espaciosas, generalmente de cuatro metros de ancho, y recubiertas de grandes baldosas de piedra. Sin  embargo, la rede de Turquía estaba menos “cuidada” que las redes romana, griega o gala (no todas las vías estaban empedradas).

Aun así, las comunicaciones seguían siendo muy lentas. Por término medio, las caravanas no hacían más de treinta kilómetros al día. El mismo correo de postas no cubría más de sesenta kilómetros. Solamente el correo imperial, reservado en principio a los servidores del Estado, alcanzaba los ciento cincuenta kilómetros al día, a base de emplear las veinticuatro horas.

 

Itinerario de Pablo

Para su primer viaje, con salida de Antioquía de Siria, Pablo toma el barco: llega a Atalía (la Antalya actual), en la costa de Panfilia. Penetrando en el interior, Pablo sube a la meseta de Anatolia para tomar la gran ruta de la India, que pasa por Antioquía de Pisidia, Iconio, etc..., la misma que había utilizado Alejandro Magno. Una ruta difícil, que equivalía a los grandes puertos de Suiza.

Su segundo y tercer viaje se efectúan, indistintamente, por tierra y por mar. En Turquía atraviesa, dos veces por lo menos, la ruta del Tauro; en Grecia utiliza fundamentalmente la vía Ignacia, la gran ruta que une Bizancio con roma (si se exceptúa la travesía entre Dyracchium –la actual Epidammos- y Brindis). De vuelta de Turquía desembarca en Neápolis, sube a Filipos y, por la vía Ignacia, llega a Tesalónica, y Berea. Si (según Rom 15) estuvo en Iliria (Albania meridional), debió de ser continuando por la vía Ignacia.

Luego llega por mar a Atenas, Corinto, Éfeso… Por lo que se refiere a su viaje de cautividad a roma es un viaje casi enteramente marítimo: sólo toma la vía apia para llegar a Roma desde Nápoles.

¿Qué fue de Pablo después de sus dos años de cautiverio en Roma (del 61 al 63?)?. ¿Estuvo en España?. Las cartas a Tito y a Timoteo llevarían a pensarlo, y la carta a los Romanos atestigua que tenía esa intención. ¿Volvió a Albania y a Yugoslavia?. ¿Se fue a visitar a Tito en Creta?. Los especialistas discuten sobre este particular. Unos sitúan la muerte en el 65 (lo cual apenas dejaría tiempo para realizar todo este periplo); otros, en el 67. Solo hay una cosa segura: el Apóstol murió en Roma a la vez que Pedro.